
Siempre quedará la duda. Si los autores no hubieran avisado, insistiendo, en los primeros minutos de metraje, de que la historia es real (de verdad), ¿nos hubiese costado un poco más creer en un personaje límite tan exagerado en todo momento? Queda la duda pero, en principio, el tono del guión, las actuaciones, los diálogos y todo lo demás, nos llevan a confiar en una historia surrealista e increíblemente cierta.
Un amantísimo hombre de familia, policía y casado con una cristiana convencida y con línea directa con Dios tiene un accidente de tráfico que casi le mata. En ese momento decide empezar a vivir su vida; es decir, dejar de follar con varones fornidos en hoteles de carretera y hacerlo con luz y taquígrafos. Se divorcia y se lanza a la vida gay como poseído por el ansia de lujuria y gasto desmedido. Primero, el traslado de Texas a California, luego se enamora y se lo gasta todo agasajando a la pareja y después empieza a estafar de todas las maneras posibles para seguir gastando más y mantener dicha pareja, que para colmo morirá de sida. Fruto de sus ilegalidades, acaba en la cárcel, donde conoce a Philip Morris, el que será el amor de su vida, en plan flechazo. Disfrutan del tiempo y el sexo en su maravillosa celda. Cuando salen del penal, nuestro protagonista vuelve a las andadas, se inventa una licenciatura y empieza a trabajar y a estafar y alardear sin ningún tipo de pudor. Todo para halagar a su pareja, a la que también quiere mantener pero que acaba perdiendo por culpa de tanta mentira. Vuelven a cazarle. Ya de vuelta a la cárcel y agobiado por no poder ver a su amado, protagoniza una serie de rocambolescas huidas, cada una más extravagante que la anterior y con un solo fin: volver a estar con Philip Morris y ser perdonado. Al final deseamos que los dos se vayan a Zihuatanejo y vivan felices y coman perdices, aunque no sea eso lo escrito en la historia.
Una película capaz de contar esta historia sin que parezca una parodia o un chiste demasiado largo se merece, de entrada, un voto de confianza. Sin ser una obra maestra es uno de esos filmes que consigue permanecer en la memoria. Hay cariño en la representación del enfermo protagonista. A pesar de todo queremos que le salga bien el último truco. Deseamos con todas nuestras fuerzas que Philip Morris le perdone, aunque no se lo merezca. Es un curioso cóctel de mala leche, humor negro y profundo respeto por unos personajes autoparódicos en su esencia pero reales, con los que empatizamos sin darnos cuenta. El tono del guión y de la dirección es el adecuado y quedamos cautivados desde el principio por un personaje capaz de embaucar a cualquiera. Las imágenes transcurren casi sin querer, sin ningún ataque de brocha gorda, sin ninguna línea malsonante. Un logro, merece la pena ver esta película.



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