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Se dedican canciones para las personas enamoradas, para las abandonadas, para las que están fueran de este mundo, para ti porque eres tú. Y después de dos horas me pregunto que hago escuchando la Cadena Dial como si nada. Cosas del otoño, espero. Suerte que tengo entre mis manos el último ensayo que escribió, antes de fallecer, el más que atractivo Paco Vidarte, un libro titulado ‘Ética marica : proclamas libertarias para una militancia LGTBQ’, que no deja indiferente y ayuda, además, a desinflar el soufflé cuando empieza a crecer más de lo debido, si es que hay límites físicos para lo indebido.

Es una bandera al aire, un suspiro, un vómito, una poesía, y qué sé yo cuántas cosas más inspiran estas páginas, que han dejado en segundo plano su exquisito vocabulario de doctor en filosofía, para hablar con las lectoras (porque todas somos ‘personas’ como decía él) de tú a tú, con altas dosis de vulgaridad. Un libro abierto para todas las interesadas, aunque con una especial atención para el colectivo de Lesbianas, Gays, Trans, Bisex y Queer. Su alegato a la ética, a una ética marica, sorprende porque no hay apenas documentos sobre este tema, pero sin embargo es necesario porque “una ética marica quiere justamente luchar contra el sálvese quien pueda: se trata de que se salve quien quiera y no quien pueda, porque los que pueden son los de siempre”. De hecho esto es la base (o ‘debería ser’ la base) de toda ética. Por ello critica las de corte universal, porque son las que se han creado por y para las personas que tienen el poder, sean o no la mayoría; éticas, en el fondo, particulares que se imponen. Al igual que las políticas unitarias, normalmente de derechas o trotskistas, que defienden la injusticia antes que el desorden, a diferencia de las izquierdas fragmentarias que tienden a las micropolíticas, esperanzadoras per se.

Su ética va más allá de la autocontemplación, no es anal, oral ni fálica, digan lo que digan los ‘arboláceos’ (que deberían pastar más a menudo); es una ética cabreada, con rabia, positivismo y mucho saber estar, que mantiene su figura para no acabar engordando como Hansel y Gretel, a base de soufflés malditos durante bucles de dos horas.

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