No sólo quedó la esperanza

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Foto: Imatges.net

Hace seis años te metí en varias cajas, tiré con fuerza de la cinta y tú, mi vida hasta aquel entonces, quedaste precintada a mi espera.

Y en aquellas cajas de cartón dejé metida mi casa, mi familia, mis amigos y mis ganas de hacer, pero no me importó. Fue un gesto premeditado, tal vez demasiado desprendido, pero anhelaba la llegada de un cambio, la llegada de vivencias renovadoras.

Y sí, las tuve y las tengo. Pero hoy, cuando esta tierra desconocida ya no lo es más y oigo el susurro de las cajas que dejé, estoy cansada de tanta escisión, de tanta vivencia pasajera, hoy quiero experiencia, quiero aprender de ella.

Las cajas murmuran y desde la distancia se dirigen a mí. La última exhortación, procedente de una caja en cuyo lomo escribí la palabra amistad, ha llegado en forma de suspiro y me ha dicho que debo volver.

Cuántas veces, y qué ciegamente, me había empeñado en reemplazar el contenido de esa caja, aunque sólo fuera por un tiempo, aunque sólo fuera por comparar. Y me ocurrió con todas las demás, las quería lejos, las quería vacías. Qué asfixiantes puede llegar a ser todo, y todos, si uno no se da cuenta que el opresor viaja dentro. Hoy, sin embargo, quiero volver a abrir aquellas cajas y respirar.

A ti en cambio, que fuiste lo único que llevé conmigo, mi intento malogrado de construir algo nuevo, te dejaré sin cinta adhesiva en esta tierra desconocida. Sin el propósito de recuperarte, pero quién sabe, la vida es una mudanza infinita.

Y sé que una vez regresada a la tierra conocida, que ni es física ni es política, abriré una por una las cajas para descubrir que, después de todo, en ellas se ha colado la experiencia.

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