I didn’t mean that

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Foto: Wikipedia

“Vaya, qué ironías tiene la vida” pensaba mientras leía un artículo sobre Corinne Day. Parece ser que a la fotógrafa británica, que ha pasado a la historia de la moda y de la fotografía por descubrir el rostro dulce y travieso de la joven Kate Moss, en realidad le habría gustado destacar por su trabajo más intimista y alejado de pasarelas y revistas, como la serie Diary. Una lástima si era eso lo que quería. De todas formas, aunque ya no viva para verlo, lo cierto es que se apreciarán sus dos facetas.

Al menos no se la recordará por algo que no quiso, como le ocurrió a otros, a Lord Darlington sin ir más lejos. A este personaje de la novela de Ishiguro, Lo que queda del día, que no por ser de ficción produce menos angustia, la memoria post morten lo lastró con un saco de mala fama. Desde que leí la novela, me aterra pensar que sólo tu mayordomo conozca tus buenas intenciones, sobre todo, porque no lo tengo.

Como decía, que irónica es la vida. Corinne Day recordada por fotografiar a la delgaducha y Lord Darlington por congregar a una panda de nazis en su mansión. Pero esto no acaba aquí porque, ¿qué nos ocurre a los demás? Es decir, a todos. ¿Qué nos sucede con aquello que decimos y expresamos a diario? ¿Se nos entiende cuándo pedimos algo aunque no lo indiquemos con palabras? ¿Logramos proyectar en los demás la idea que tenemos sobre nosotros mismos?

Ya sabemos que el lenguaje es travieso y que tanto puede descubrirnos como ocultarnos, pero lo peor a mi parecer es la inconsecuencia. Es decir, ¿cuántos malentendidos ha provocado y seguirá provocando no decir lo que pensamos? ¿Y cuánta tristeza conlleva lo de actuar de forma contraria a lo que sentimos? Claro que si no lo hiciéramos así, nos descubriríamos dolorosamente y éso abruma.

Volviendo a Corinne, al final del artículo descubrí que la artista británica nunca estuvo cómoda en ninguno de los ambientes, ni el más fashion ni el personal le aportaban una tranquilidad y confianza total, pero se lanzó a los dos y ahí están. Por ello, para los que nuestra vida sea probablemente nuestra mejor obra, lo mejor es que, para no confundir, no nos engañemos a nosotros mismos con aquello que nos importa.

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