Santiago Rusiñol

Escrito por

Plaça La Puntual (Barcelona)

Siguiendo a los amigos de piedra, los caraduras de la ciudad, uno se encuentra, de frente, con los ojos de los únicos testigos que han ganado la batalla al agua y al viento. Barcelona es, también, esos personajes de mármol o acero, que nos vigilan desde las esquinas y las plazas.

Rusiñol, frente a los bancos donde se sientan las parejas más puntuales, observa un Born, de latas de cerveza, que invita a pasear por unas ramblas rojas, de ajo, con el escenario del teatro de la calle, en una ironía más de Joan Brossa, jugando a las cartas de las princesas.

La bohemia de los parques, que se ríe de una burguesía dedicada a alimentar la rutina de botones y camisas, se puede observar  a través de ese bigote de renacimiento catalán, impresionista, impresionable, impresionante.

El aire libre de los símbolos, escapando del humo del textil, que busca asfixiar la creatividad, es una blanca herramienta que contabiliza los gatos de hierro y mar. Una oca de las costumbres que se repiten, casilla a casilla, en el vaivén de los minutos que marca el reloj que todos llevamos encima de la cabeza, de la chistera.

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