A Leo Naphta

Escrito por

Foto: Wikipedia

Algunos muros se han alzado para esconder secretos, para tapiar vergüenzas, para alimentar la mentira del olvido, mientras que otros han servido de apoyo en momentos de cansancio, de cobijo para las almas perdidas, para demarcar mundos ilimitados e inalcanzables, incluso para dar significado a lo particular con alto riesgo de quedar sepultado entre murallas. Estrechez de miras, según se mire, pero realista por encima de todo. Los laberintos nacen de esos muros que no dejan ver la otra parte, porque quizá no valga la pena descubrir la totalidad de una sola vez, no sea que nos despeñemos por la sorpresa. O porque la gracia radica en sus curvas, sus esquinas, su perdición, con la ansiada esperanza que el mareo del giro haga cambiar la perspectiva. Puede que no sea buen momento para la lírica, ni para los laberintos de mazes, alejados del camino unívoco que zigzaguea por yuxtaposición hacia un mismo fin, aunque siempre está esa misma meta, con el consuelo de las excepciones épicas que agrandan al ser humano por su fuerza y libertad; qué más se puede pedir después de matar al único dios que fue nuestra imagen y semejanza, aunque también se aburriese terriblemente los domingos por la tarde.

Es por este motivo las perforaciones son un gran alivio, porque no derriban de una vez los muros que hacen de la existencia un misterio curioso, a pesar que parezcan insoslayables por momentos y absurdos en la mayor parte del tiempo. Sin ellos nos encontraríamos enseguida, y la vida podría convertirse en un sesión de lógica continua. Dios nos libre.

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