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El discurso del rey

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La principal cualidad de las películas que parecen diseñadas para la carrera de los premios gordos (cosa diferente de los festivales) es que no se les puede poner -casi- ninguna pega, porque invierten el dinero y el saber hacer necesarios para que cada plano sea perfecto, al mismo tiempo que evitan cualquier digresión o riesgo visual o narrativo, sin olvidar la presencia de un impresionante actor protagonista y un nutrido grupo de secundarios de lujo. A pesar de un opinable abuso del gran angular, El discurso del rey entra en esa categoría.

El hijo menor del rey, el duque de York, no tiene una gran ambición por la corona, pero la alegre vida del primogénito le hará sospechar que en algún momento le tocará la papeleta que no desea. Pero hay un problema, es tartamudo, es incapaz de dar un discurso en condiciones. Su mujer busca todos los medios para mejorar sus cualidades de oratoria, cosa que sólo consigue con un frustrado actor australiano que se dedica a los defectos del habla. Cuando muere Jorge V y le sucede su hermano, que no tardará demasiado en abdicar para poder casarse con una plebeya de la que llevaba años enamorado.

La gran baza de este filme es el dúo formado por Geoffrey Rush (el actor metido a logopeda y sicólogo) y Colin Firth (un duque metido a rey). Descubrimos la personalidad de los personajes sin ninguna estridencia, al mismo tiempo que asistimos a la inevitable amistad que surgirá entre ambos. Conocemos un interesante pedazo de historia y nos alegramos de que Eduardo VIII renunciase, gracias a dos horas de perfecto entretenimiento, sin estridencias y sin riesgos, ni visuales ni narrativos. Hubiese sido interesante añadir la afición por la ginebra que profesaba la reina Isabel (por otra parte, contenida e impecable Helena Bonham Carter).

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