Ir corriendo por el laberinto, con una tiza en las manos, e ir dejando huella por todas las paredes por las que pasamos. Aprovechar la ocasión para abrir puertas y ventanas, que después dibujaremos con el mazo del cansancio. Ver la esquina como la oportunidad, sin esperarla, yendo a buscarla, corriendo, arrojándose al cambio. Hay piedras. Y relato.
Egipto se levanta y nosotros, como Pitarra, en las Ramblas, miramos el escenario del mundo. Encendemos el televisor y renunciamos al análisis para deleitarnos con unos tipos que van del sofá al jacuzzi, y del jacuzzi a la cocina. Todo son masajes. Y olvido.
Somos, ya, perfectos ignorantes que nos bañamos en nuestra condición. Nos gusta hacer burbujas con la espuma que hemos levantado para obviar que la dignidad, tarde o temprano, deja de bostezar.
La efervescencia de allí es la baba de aquí, y el domingo por la tarde volvemos a leer esos artículos que pretenden reflexionar a través del tópico. Miedo a qué votaran cuando sean libres, miedo a que se atrevan a lo que nosotros aún escondemos, bajo el título de transición o bipartidismo, miedo a la democracia y a la igualdad. Que se equivoquen. Al menos lo habrán intentado. Nosotros, mientras, hablamos de mercados.
Y pasamos página. El café está frío y excesivamente dulce.



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