Milà i Fontanals

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Con el regusto de los juegos florales, y una visión romántica de la lengua, el filólogo ve pasar las bicicletas alquiladas por turistas, y escucha, como un soplo en la nuca, los rugidos del zoológico. Y los gritos, alegres, de los niños.

La Renaixença de una cultura olvidada es un acto heroico, casi imposible, pero el lector de Goethe y Byron escribe en un diario de Barcelona donde caben principios de estética, y puentes entre Kant y Hegel. La dialéctica de la filología, de las naciones, de la aventura colectiva. Una voz de todos, en la construcción común.

De excursión, inmóvil, por las poesías populares, estudia la épica medieval y el folclore, buscando las raíces del presente en un pasado de mitos y leyendas. Pero los dragones están aquí, acechando a los trovadores, entre los volúmenes de literatura, crítica e historiografía.

Este Milà i Fontanals, quieto, sereno, de barba blanca y rostro impasible, da la espalda al mar, trazando lazos entre la lírica provenzal y la castellana. Puentes que, hoy, son de espuma. Piensa, sin más palabra que la del suspiro del viento, en los orígenes de nuestro teatro, y en cómo somos de inéditos para nosotros mismos. De apócrifos. Así nos va.

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