¿Quién dijo soledad?

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Me encanta cuando estamos así sentados, inmersos en nuestra lectura, codo con codo. No podríamos pedir más para esta mañana de domingo. Tú y yo en el tren, sintiéndonos respirar y sin el apremio de decirnos nada, tan sólo miradas discretas de vez en cuando.

Por cierto, cielo, ¿qué estás leyendo? Inclina un poco más el libro para que pueda leer la portada. Ya veo. Vaya, no sabía que te gustara Salinger. ¿Lo ves? Tenemos tantas cosas en común que sólo tú podrías estar aquí sentado. ¿Y ese olor? ¿Es que has cambiado de perfume? Creo que el anterior me gustaba más. Ya sabes, prefiero los aromas afrutados, aunque he de admitir que en tu piel todo huele bien. ¿Dejas de leer? Quizá tengas ganas de hablar.

-”Perdona que te interrumpa, pero ¿sabes cuántas paradas quedan para llegar a Sant Pol? Me dijeron que el trayecto me tomaría una hora y ya han pasado cuarenta y cinco minutos”.

-”Quedan dos estaciones más, en tres paradas llegas a Sant Pol.”

-”Gracias”.

-”De nada”.

Hay que ver lo despistado que llegas a ser. ¿Pero cómo se te ocurre preguntarme una cosa así? ¿Acaso no conoces dónde vivimos? ¿Y ahora? ¿Qué haces? ¿Por qué te levantas?

-”Yo me bajo en esta. Una parada antes de llegar a Sant Pol como me indicaron. Gracias de nuevo.”

-”De nada. Que vaya bien”.

Vaya, es una lástima que te hayas ido, con lo a gusto que estábamos juntos. Pero aguarda un segundo, si estás aquí de nuevo.

-”Perdona, ¿está libre este asiento?

-”Sí claro, puedes sentarte.”

Qué preguntas me haces cariño mío. ¿Para quién iba a ser el asiento sino para ti? ¿Pero que ocurre? ¿Ya no quieres leer más? Ah no, ya veo, ahora te apetece escuchar un poco de música. No importa, yo también empezaba a estar cansada de leer. Me acercaré un poquito más a ti, pero sin tocarte, para no molestar, y así podré oír lo que escuchas. Vaya, ¿has vuelto a cambiar de perfume?

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