Antoni Viladomat i Manalt

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Cómo pintamos el mediodía, y los fines de semana de dragones y mazmorras. Qué aparece después de mezclar las acuarelas y los óleos, de observar la realidad en colores, la lluvia y el barro, el sol y los niños riendo. La pelota que se mueve, sola, por el parque. Las esculturas que silban. El sudor del que se castiga por los excesos. La viuda que se sienta en el banco, y espera no sabe a qué ni a quién.

Antoni Viladomat se mantiene erguido en el paseo de Lluís Companys. De espaldas al triunfo, oliendo la sal del mar, que se esconde entre rascacielos y cementos. Al pintor barroco le da la luz en la cara, e invierta así la mirada para encontrar los matices de los claroscuros.

El siglo XVIII, la temprana muerte de su primer maestro, la pintura de retablos y hospitales, los conventos llenos de miedo y resignación. El aire libre le sorprende y extiende el brazo derecho para sentir cómo respiran los días. Los rizos del cabello largo, elegante, no se mueven ante la tecnología y la parafernalia. El ruido de los skaters no le asusta, y aguanta los pinceles con la parsimonia del que sabe que la p(r)isa pisa al tiempo.

Viladomat sabe que la Academia es, exactamente, lo que es. Por eso mira a los estudiantes, con cierta nostalgia por la fuerza de su juventud, pero con una sonrisa, prácticamente inapreciable, del que ya ha pasado por todo. El colegio es, como toda asociación humana, pasto de rencores, envidias y traiciones. Pero nadie le pide licencia para estar allí, en medio de una ciudad que mira a Europa, pero que ejerce todo tipo de excusas para que los hospitales sigan con los mismos retablos y las mismas camas. Para que la sanidad sea, de nuevo, un acto de beneficencia.

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