Antonio López y López

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Ay, Antonio López y López, cómo miras las cartas que llegan a la oficina de Correos, el puerto de sal y rosas, el mar de gente de todas las procedencias, desde esa plaza gris y solitaria. Los perros mean a tus pies, y el orín entra en tu olfato rígido y seco.

Confundes, por momentos, el ruido de las motos con un ritmo lejano, de aquella Cuba donde te hiciste rico, con el perfume del tabaco de aquella Filipinas que dejaste para venir a Barcelona y casarte con la familia Bru.

Ay, Antonio López y López, primer marqués de Comillas, te inventaste la Compañía Transatlántica Española y, ahora, de piedra, miras las golondrinas llenas de turistas. En la placa que te preside, ese telegrama de urgencia de Alfonso XII, donde asegura que “España ha perdido a uno de sus hombres más grandes”.

Y grande estás, allí, elevado ante la ciudad y el puerto, con la fama de gran naviero e industrial. Pero la memoria es una serpiente que se retuerce, baila, y se levanta. ¿Cuánta fortuna hiciste con aquellos negros que llevabas en tus barcos de madera? ¿Hasta cuando Barcelona tendrá como invitado de excepción a un traficante de esclavos?

Vía Laietana encara la ciudad, la apuntala, y tú sigues allí, ay, Antonio López y López, viendo cómo la derecha crece en el país, una espesa mancha de aceite que pone en peligro a los que quieren caminar sin pisar a nadie. No han cambiado tanto las cosas, y aún hay gente que cree que el Otro es únicamente mano de obra, y que el mar es una prisión, la autopista por donde muere la dignidad.

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