El viaje del director de recursos humanos

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Eran Riklis no ha firmado su mejor película y aún así es muy buena. Se merecía una distribución algo menos discreta. Su humor se ha agriado y se ha quedado más diluido de lo que debiera en un metraje tal vez algo extenso -a pesar de ser cien minutos-. Sin embargo, no pierde ese aire berlanguiano en el que los personajes vagan por un mundo  burocratizado y deshumanizado, en el que suceden cosas aparentemente surrealistas pero que en el fondo son muy fáciles de identificar con la realidad.

El director de recursos humanos de una panadería industrial de Jerusalén se entera por la prensa, con tres días de retraso, de que una de sus empleadas ha muerto en un atentado terrorista. La prensa se echa encima de la empresa por falta de humanidad con la empleada, para más inri una inmigrante rumana sin ninguna familia que se ocupe de ella. Para lavar su imagen, la propietaria de la panificadora le echa la culpa al director de recursos humanos, que en realidad no la tiene a pesar de su indolencia, y de paso le obliga a llevar el cuerpo hasta Rumanía y encontrar a los parientes, una colección de personajes poco amables de los que la propia inmigrante quería librarse.

Lo que parece una debilidad también puede ser una fortaleza, porque al fin y al cabo es opinable. La diversidad de subtramas podría verse como excesiva. La situación familiar del protagonista, su relación con la patrona, el contexto social rumano, la familia de la muerta, el ambiente rural, la cónsul y el vicecónsul… Tal vez algunas no merecían la pena. Pero lo que realmente hace flaquear la integridad del filme son esos diez minutos extra en los que el protagonista cae enfermo. A pesar de lo dicho, se trata de una estupenda película que no aburre en ningún momento y consigue contar muchas historias en muy poco tiempo, historias por otra parte muy necesarias.

 

 

 

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