Hanna

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Una idea de partida muchas veces manejada, pero rodada con un estilo que va desde el pseudo documental al videoclip puro. La historia es la siguiente: un gobierno se ensucia las manos para tapar un programa de dudosa ética con el que crear el soldado perfecto. Y si les cuento el argumento de la película en la tercera línea de este artículo es porque en realidad es lo de menos.

Hanna se centra en todo lo que no tenga que ver con el argumento. Unas imágenes perfectas medidas al milímetro, una protagonista perfecta, dos secundarios perfectamente antagonistas, unas localizaciones perfectas… Y al final de lo que va la película es de la pérdida de la inocencia, aunque Hanna, la protagonista, no parezca inocente en los primeros momentos. No conoce el mundo, está aislada de él para poder vivir. Salir de la burbuja en la que su padre la ha mantenido implica el riesgo de la muerte. Hanna es un error que hay que eliminar. El blanco puro del entorno seguro, los grises y oscuros para todo lo demás. En Hanna queda claro el verdadero argumento a medida que avanza la supuesta trama que va pegando los retales, aderezada por persecuciones y huidas videocliperas (sin ningún ánimo de esconderlo).

La historia de partida está tan manoseada que se agradece un enfoque diferente. En este caso se trata de no construir un filme procedimental más en el que alguien huye y/o intenta descubrir su origen, un buen samaritano que le ayuda a derribar al gobierno de turno, el tipo abyecto que guarda el secreto, su esbirro prescindible… Todo eso ya lo hemos visto, y por eso mismo Hanna juega con todos los tópicos que hemos acumulado para no tener que volver a contarnos la misma historia con otras caras. Otras películas optan por el sano pitorreo de esa especie de subgénero (Los hombres que miraban fijamente a las cabras), pero lo importante es no volver a hacer la misma película, en este caso centrándose en el cómo y pasando del qué.

 

 

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