Àngel Guimerà

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Con tu romanticismo tan realista, te sientes cómodo entre los pintores callejeros que te rodean los domingos, intentando captar la luz de una acuarela, o al turista despistado.

Guimerà, con la elegancia de tus bigotes, y unas gafas redondas para ver pasar el tiempo, permaneces sentado, con la tranquilidad que dan los días y las tormentas, que bien sabes por experiencia que siempre acaban apaciguándose.

Miras tu querida Catalunya, con tantos lobos persiguiendo al  Manelic de turno, con la música de tanta cultura de palacios de tierras bajas, ensombrecida por la corrupción de pocas familias que lanzan sus tentáculos, llenos de tantos por cientos y obras públicas.

Guimerà, por mar y cielo, defiendes una patria que te costó un Nobel, y recuerdas con nostalgia las tardes de café y puro en el Ateneu hasta que, a finales de julio, morías muy cerca de donde estás ahora. Un único botón te cierra la americana, y la pajarita es el lazo a tu teatro, el regalo que nos ofreces como herencia.

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