Editorial

Hitos y pitos

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La marea de gente baja la avenida, suenan los silbatos y las pancartas acogen versos improvisados. Hay que volver a las tierras bajas, a las ciudadelas presas del gatopardismo y la postura, para reclamar el uso de la voz y la voluntad. El símbolo es amplio e interpretable, pero nunca vacío. Nos pertenece.

Lo físico aparece para recordarte que esto es una fiesta con fecha de caducidad, que la banda sonora va transformándose según tu mirada y tu experiencia. Sin escaleras, sin el ascensor de un rascacielos con luces de neón y psicólogos que buscan recursos en los humanos, que premian tu valentía, sin querer digerir todas las sombras. Nos escondemos, pero no eternamente.

Es el anonimato lo que les asusta. La ausencia de nombre y apellidos a los que perseguir en su particular auto de choques mediático. Creen que tienen todas las fichas, pero no se han dado cuenta que son de plástico. La intrascendencia de la mujer que se aleja, con una bolsa de un comercio cualquiera – sin marcas ni códigos -, es una suerte de física cuántica. Las partículas, aún, nos relacionan. Y la feria continúa.

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