Che

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El aroma de los ideales – a cuestas, entre sierra y sierra – queda oculto bajo el olor a sangre seca (un olor de hierro y dunas) en los estadios olímpicos llenos de pueblo y venganza. Una fragancia de sospecha bajo el perfume del heroísmo, la justicia social y la lucha contra el dogmatismo. El asma es eso, el no beneficiarse de la duda.

Ernesto, extranjero patriota del continente y de las áfricas explotadas, la medicina de la verdad es un camino que demasiadas veces lleva a la muerte. Ajena y propia, forzada, huyendo hacia lo eterno. Sabes – lo sabes – qué le pasó a Camilo, tú conoces un destino truncado por la disidencia, por el debate, porque lo cierto es que pocas cosas son ciertas de entrada, y el poder puede, pero también calla. Los aviones caen en la consciencia de los que miran hacia otro lado. Los accidentes somos nosotros, todos.

El fusil no es un martillo, no dicta ni analiza, no dispara justicia. Ahora, entre arengas en forma de poesía barata, en ese mausoleo con pestilencia a fascismo, te alzas como un santo claro. Un cristo fashion de camisetas y chapas, comercializando un rostro y una estrella, roja. Eran otros tiempos, pero el diario se ha seguido rellenando con los mismos errores, con la violencia del que se queda. Enfrente de tu figura, dura y distante, hay tres chabolas. Se oye la música del futuro. La única victoria.

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