El caso Farewell

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Estamos demasiado acostumbrados a que las intrigas de espionaje estén protagonizadas por seres sobrehumanos que fabrican cadáveres como churros y que utilizan cachivaches espectaculares que deberían aparecer en películas de ciencia ficción. Pero en esta ocasión la historia se basa en hechos reales y todo parece un poco más cutre, aunque el interés no decae en ningún momento.

La historia empieza cuando un espía ruso resentido por la corrupción del sistema soviético, pero con más motivos personales, decide empezar a regalar información a alguien que él creía que era un espía francés, pero que no lo es ni tiene pensado serlo. De repente, toda la red de espionaje soviética en occidente cae, una red que se dedicaba sobre todo a robar avances científicos para luego reutilizarlos. En medio de este bombazo están Mitterrand, Reagan y Gorbachov, en la parte más fantasiosa y divertida de la película. Al final, casi la única pistola que se ve en todo el metraje aparece en un escena en blanco y negro que Reagan le explica a un asesor, como si fuese profesor de una escuela de cine.

Para bien o para mal, el director apuesta por el clasicismo para evitar cualquier patinazo. Es una cuestión de gustos, pero lo cierto es que no se le puede reprochar casi nada. A la buena factura y a las pequeñas dosis de imaginación, se le suma un excelente trabajo de los actores, especialmente de Emir Kusturica.

 

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