El perfecto anfitrión

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Una vez que ha quedado claro que el realismo ya no es una regla tan rígida como antes, los guionistas se pueden permitir lujos que nos hacen disfrutar de tramas juguetonas, retorcidas y plagadas de giros inesperados y múltiples géneros y referencias cinematográficas. Pero en este caso, el guionista y director lo hace sin menospreciar la inteligencia del espectador. Se agradece.

Todo empieza con un atraco -algo tarantiniano- que sale mal, sigue con la huida del atracador -un tanto polanskiana-, que se mete en una bonita casa de un bonito barrio y cuando quiere darse cuenta está con un perturbado que primero parece salido de La huella de Mankiewicz y luego de El fotógrafo del pánico de Powell. Pero nada es lo que parece porque la película quiere ser un cóctel de géneros, que empieza por la intriga clásica, deriva al thriller sicológico, luego gira hacia el terror, de repente alterna con la comedia negra y para terminar nos ofrece un final policíaco -ligeramente forzado pero tolerable-.

Todo el juego narrativo de El perfecto anfitrión se sostiene sobre los hombros de un inmenso David Hyde Pierce, en un papel goloso como pocos. El filme consigue andar por esa delgada línea que separa lo creíble de lo increíble durante todo el metraje, si bien dicha línea se va haciendo cada vez más borrosa a base de ambigüedades.

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