Drive

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La historia es lo de menos porque ya nos la han contado mil veces. Chico malo -pero no demasiado- conoce chica buena en apuros y decide sacar lo mejor de sí mismo para darle una oportunidad. Lo interesante es la forma, tan cuidada que en ocasiones se notan las marcas de la escuadra y el cartabón en algunos planos de auténtico lujo, ya sea en un ascensor imposible o en un aseo mugriento y salpicado por los sesos de una bella mujer. La ausencia de diálogos innecesarios nos recuerda que cuando se juega con una historia tan identificable desde el primer momento la película se vacía de explicaciones y todo -o casi todo- se centra en una realización impecable y unas interpretaciones magníficas -que no pueden fallar-, y de hecho nos olvidamos completamente de que ya nos sabíamos el desarrollo y el final. Salvando las distancias, se parece a ciertos filmes del mismo corte que cada vez pueblan más las cartelera, como Hanna, que parten de la base de que el espectador tiene cultura audiovisual y nos es necesario repetirle de qué va el cuento.

Desde los títulos de crédito se nota el espíritu de un filme que, tomándole el pelo con mucho cariño a las convenciones ochenteras, consigue reivindicar ese cine cargado de testosterona, carreras, coches, sangre, clubes nocturnos y rock. Todo ello mezclado con todos los elementos clásicos de una intriga y una estética que podría ser una acertada mezcla entre la extrema pulcritud de Wong Kar Wai y la sucia mala leche de Robert Rodríguez. Y en medio están Ryan Gosling (que está en todas partes), Carey Mulligan (que siempre será la chica buena), Bryan Cranston (que también puede ser bueno), Christina Hendricks (a la que solo le dejan enseñar cuerpo y curvas), Ron Perlman (el perfecto malvado) y Albert Brooks (el todoterreno inesperado). En suma, Drive es cine palomitero y violento de primera clase. De lo mejor que se ha visto este año.

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