Portada, Prosa

El Premio

Escrito por

Grito de sombra, de Susana Pozo. Tinta y acrílico sobre papel.

Hará unos años del premio, después de una interminable espera en la mesa de los finalistas anunciaron el nombre. A las cuatro y media de la tarde me dieron el cheque y me entregaron el diploma. A mi regreso del estrado, después del discurso habitual, me senté de nuevo en la mesa. Las luces del techo eran blancas y resaltaban la elegancia y sobriedad de los manteles negros. Los comensales se movían arrastrando los pies. Las copas hacían un clic agudo y molesto al chocar.

-Ya tiene usted la migala –me dijo la joven del vestido negro.

No comprendí. Éramos seis los finalistas sentados en la misma mesa. Pareció que nadie adivinó el sentido de la afirmación y me miraron a la vez, esperando la réplica ingeniosa. Guardé el cheque en la americana. Plegué el diploma en cuatro partes y lo puse debajo del plato.

-La migala de Arreola… –explicó la joven enseñando todos los dientes-. La amenaza total, la máxima dosis de terror –siguió-, ¿conoce usted al mexicano Juan José Arreola?

Me costaba decir algo. Miré a mi derecha y dormitaba un hombre mayor, calvo, con gafas, apoyando la cara en su mano. Se había ensuciado su bigote con la nata del postre. A su lado un joven con el peinado engominado parecía querer palmotearle. Pero reprimía el impulso y le tiraba minúsculas migas de pan a la calva. Con ello procuraba contentar a las dos mujeres que había en la mesa. Ellas reían tapándose la boca con las manos y dando pequeños saltitos en sus sillas, aunque no olvidaban la pregunta lanzada. Eran escritoras. Habían quedado a las puertas del premio. Les interesaba conocer el nivel de todo un primer premio. Me dije que debía hacer un esfuerzo y pronunciar alguna palabra, recomponer la figura y mostrarme como el ganador. Al menos llevar a la sobremesa algo de espíritu.

-Parece que el otro se ha ido, ha salido corriendo al escuchar su nombre –me dijo la otra mujer tomándome la vez, pálida como una estatua y con los ojos muy abiertos.

-Su candidatura ha sido un tiro al aire –comentó el joven haciendo el gesto de cargar una escopeta y simulando el tiro con la boca.

A mi izquierda no había nadie. Una silla vacía y una servilleta con un nudo. Los cubiertos abandonados encima del plato. No dije nada. Podría haber hecho algún comentario pero me dio por pensar en el ausente. Apenas le recordaba. Había estado a mi lado durante la comida. Pero no le recordaba. Unas manos largas. Unas mangas de camisa rígidas. No mucho más. Los camareros continuaban con su movimiento incansable y desde las otras mesas algunos comensales señalaban a la nuestra. Elevaban sus copas y tuve que hacer en un par de ocasiones lo mismo, en correspondencia al acto. De alguna forma yo era un intelectual. Eso me trajo el recuerdo del arrebato en los primeros premios. Esa locura contenida y sin esfuerzo, canalizada en un saber hacer pasmoso y seguro. Ese celebrar con la copa en alto y con un discurso improvisado. La cabeza bien arriba.

-En el cuento de Arreola el protagonista compra una migala, una repulsiva migala, sabiendo de antemano que es la esencia del terror, pero al final se quedan solos los dos, sin mujer de por medio, migala y protagonista son los únicos que pueden hacerse compañía –contaba la joven.

-¿Qué es una migala? –preguntó la mujer pálida.

El joven representó una araña con los dedos de su mano y la hizo pasear de un lado a otro de la mesa hasta sostenerla cerca de la cabeza del hombre mayor. Sus dedos afilados daban arcadas al moverse. Tanta actividad llegó a saturarme, y me distraje mirando por los ventanales de la sala. Amplios acristalados que daban al jardín, donde llovía sin parar. Un jardín repleto de parterres de flores rectangulares con un diseño formal, ordenado al milímetro. En el centro de la mesa había flores de esos parterres. El joven engominado seguía con su entretenimiento y cogía algunas de esas flores y las ponía dentro de la copa de vino del hombre mayor. Ellas le acompañaban en la broma. En esas creí ver encima de la mesa un charco de sangre. Pareció que la joven del vestido negro también se alertó; pero era tan solo el derrame de algo de vino del finalista ausente. La consecuencia del cansancio de la jornada. No le presté más atención. Unos comensales habían apostado por acercarse al ganador y comenzaban a rodearme y a hacerse fotos conmigo. Me felicitaron. Tuve que estrechar sus manos, dar besos, y me convencieron ir a la sala privada. Acepté con una mueca de indiferencia. Los finalistas no perdieron la oportunidad de exhibirse y me acompañaron. Allí se encontraba reunido el jurado, conversando animadamente y de pie, mientras los camareros pasaban con algunos dulces y licores en sus bandejas. Miré atrás y comprobé que me seguía de cerca la mujer del vestido negro. Se puso a mi lado y el presidente del jurado nos recibió a los dos. El resto de los invitados eran espectadores del encuentro.

-Qué bien tenerle aquí –dijo-, ¿cómo pudo construir un cuento con tanta fuerza? – me preguntó mientras cogía mi mano y la agitaba con fuerza en el saludo.

-… es extraño que ustedes no sepan cómo se hace –dijo de broma la joven del vestido negro.

Ni tan siquiera pude pronunciar alguna palabra. Vi que esa sala privada también tenía amplios ventanales, y que seguía la lluvia. El tedio le podía a la habilidad social. Deseé estar afuera. Sin embargo el jardín parecía lejano, improbable. Mejor no pensar en nada. Y sin más se apagaron las luces. Se escuchó un chasquido encima de nuestras cabezas y la sala quedó a oscuras. Apenas podía intuirse nada allá dentro. La luz de los ventanales era engullida por la densidad de la negrura de la sala. En la repentina penumbra noté unos labios en el cuello, unas manos que avanzaban por la espalda, un abrazo que me apretó el cuerpo con una fuerza irritante.

-Se apagaron las luces –confirmó la evidencia el presidente del jurado. Y un ¡oh! general se escuchó al adivinar unos mecheros que encendieron los camareros.

El aliento húmedo se abría paso. Las pestañas contra mis pómulos. Una lengua molesta escarbaba en el cuello. Intenté reaccionar a tiempo, moverme y expulsar la intromisión, pero fue imposible contrarrestar el ataque. De poco sirvió tensar los hombros y desplazarme a un lado. Aunque la llama de los encendedores consiguió apaciguar el acto, calmar la embestida, pese a no iluminar lo suficiente. La retirada se produjo con lentitud. Había un regocijo cruel en esa conquista de mi cuerpo. Resignado esperé a que finalizase, el encenderse de las luces blancas de la sala. Cuando sucedió los invitados aplaudieron y los camareros continuaron con su desplazamiento en diagonal, como si no hubiese sucedido nada. El presidente del jurado esperaba la respuesta con interés en la misma posición.

-Cuéntenos cómo lo hizo –volvió a decirme.

La joven del vestido negro me miraba embriagada.

-Fue como un desgarro –dije.

Se rieron de buena gana con la ocurrencia. Y propusieron un brindis por el ganador. La joven hizo un gesto de desagrado pero acabó participando.

-Brindemos por la migala –dijo.

No la entendieron. Pero apuraron afanosos sus copas. Ella clavaba sus ojos en mis manos temblorosas. Lo natural hubiera sido que la descubriera delante de todos. No lo hice. Y creí adivinar un movimiento excitante en su frente. Como si una de las venas corriera de un lado a otro, moviéndose de aquí para allá. Y, más tarde, ese movimiento lo creí repetido en sus brazos, por su cuello, por su nuca descubierta. Como si un insecto en constante y eléctrico desplazamiento se recrease recorriendo su cuerpo. Sí, un cuerpo pequeño pero proporcionado, con unas piernas delgadas pero firmes si el observador no prestaba la atención suficiente. Me sonrió. Adiviné en esa sonrisa el fin del juego. Pero sus labios ya se habían convertido para mí en un pico sucio. Era una finalista flacucha, infeliz, un engaño. Los otros dos se acercaron, conversaron con ella y se fueron.

-Vamos a fumar afuera –me susurró al oído el joven antes de irse.

Y los tres corrieron a la mesa a por su tabaco. El presidente del jurado continuaba hablándome y yo me asomaba a la puerta de la sala y veía a los tres sortear a los camareros. Reían como pájaros. El joven se entretenía persiguiéndolas alrededor de la mesa. Después les pasó el brazo por los hombros y salieron al jardín. El hombre calvo continuaba con sus cabezadas, ajeno a todo. Una vez afuera vinieron cerca del acristalado de nuestra sala. Formaban un grupito precario pero buscaban no sentirse solos. Se asomaban al cristal. Intentaban ver qué sucedía en nuestra reunión. Señalaban sin cautela. Recibí con gusto una copa de vino. Con ellos afuera, en cierto modo, me liberaba de la presión, y me animé y dije algunas palabras que fueron recibidas con aplausos. Me sorprendí al causar una afectación tan profunda con unos razonamientos tan corrientes. Acabé con el cuerpo recostado en la pared y la copa en la mano, seguro de mí mismo, hablando con unos y otros. Me engañaba. Estaba ansioso por llegar al final. La reunión se apagaba lentamente y los tres finalistas llegaron empapados, poco antes de la despedida.

-En el fondo sabía que podía confiar en usted –me dijo el presidente antes de abandonar con su esposa el recinto, estrechándome la mano con furor, satisfecho por la elección.

Los últimos comensales me rodearon y solté algunas frases ingeniosas, trabajadas en casa para estos actos. Los camareros recogían las mesas y ya se escuchaba cómo hablaban entre ellos. Me aseguré de que el cheque estuviese en mi americana y palpé en mi bolsillo varias veces, entre despedida y despedida. El joven engominado se fue rápido. Me dio la impresión de que se marchaba enojado. Nos despedimos con un movimiento de cabeza y salió rápido de la sala, sin intercambiar palabra con sus compañeras. La mujer pálida me felicitó por primera vez desde el premio y me dio dos besos sonoros con sus labios cerosos. La joven de negro prefirió el saludo serio y le di la mano, lejano y frío. No nos dijimos nada. Ellas dos se fueron juntas.

Quise quedarme un rato más y me senté en la mesa, al lado del hombre calvo, que continuaba en su sueño. Apuré la copa. Los camareros nos echaban. Tuve que despertarle. Se limpió con un pañuelo el bigote. Los dos salimos del centro de convenciones y seguía la lluvia. Está muy oscuro para andar, pensé. Y ahí comenzó el dolor de cabeza. Era un aguijonazo firme, intenso. Más tarde se transformó un corretear frenético. El dolor iba de un lado a otro, persistente. Él estaba muy molesto. No podía creerse perdedor. Me confesó que había dedicado años a su relato. Difícilmente podía concentrarme en sus quejas, pero intenté consolarle. Nos acompañamos un buen rato. No nos detuvimos en ningún momento. Preferí no contarle nada más.

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2 Comments

  • Me ha gustado bastante en una primera lectura. Como los buenos cuentos, habré de leerlo alguna vez más para seguir sin entenderlo.
    Enhorabuena, Iván.

  • Muchas gracias, seguiremos buscándole el sentido. Gracias por la lectura. Un abrazo.

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