Shame

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Steve McQueen se sale del mapa con este filme que parece ir de nada en particular y sin embargo consigue contar con pasmosa destreza el significado del vacío emocional, que desemboca en un miedo atroz a los vínculos personales porque implicarían enseñar toda la mierda acumulada en ese vacío. Shame también funciona como parábola del hombre que sólo lo es gracias al trabajo y que, al margen de eso, no tiene nada más a lo que aferrarse que lo físico -el lujo y el sexo-. No es algo especialmente novedoso, pero está contado magistralmente gracias a una estudiada sutileza narrativa. En la misma línea este año Tony Kaye ha presentado Detachment, que persigue el mismo tema con bastantes puntos en común (a parte de que, sobre todo, el protagonista no es un adicto al sexo y porque el final es narrativamente algo grueso).

La dirección es exquisita, perfectamente canalizada en beneficio del relato. McQueen cuida cada plano como si fuese un hijo. Las imágenes de perfecta normalidad -perfectamente calculada- contrastan con la vida y la moral totalmente amorfa del protagonista -socialmente funcional e integrada en la ciudad y en el trabajo-. Un juego que permite al mismo tiempo el distanciamiento y la empatía con el personaje protagonista. Al final entendemos el círculo vicioso en el que está instalado, la vergüenza que siente por su interior le impide abrirse y poder limpiar los trapos sucios. El elenco encabezado por Michael Fassbender y Carey Mulligan también se sale del mapa con unas interpretaciones que dan vida al filme, porque una interpretación mediocre habría dejado la historia sin ninguna credibilidad.

Posdata: El asunto del miembro de Fassbender no tiene ningún interés cinematográfico, pero está claro que el tamaño ayuda a distribuir.

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