Los idus de marzo

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George Clooney vuelve a demostrar que es algo más que una cara bonita y que esconde mucha mala leche contra el poder y los poderosos en general. En esta ocasión el mensaje queda claro: siempre hay algo sucio que ocultar y hasta el cordero más inocente se puede convertir en lobo si la ocasión lo requiere. Y lo más importante: no es posible alcanzar el poder sin ensuciarse las manos y, por tanto, el poder es sucio. Todo está en venta y alguien siempre quiere comprar.

Ryan Gosling (que últimamente está en todas partes) es el aspirante idealista que acaba totalmente enfangado en medio de una encarnizada lucha de poder, que primero se muestra de guante blanco y luego se enseña como lo que realmente es, mercadeo de voluntades y favores. Es el ayudante de unos de los candidatos a las primarias del partido demócrata. Cree en él ciegamente, y gracias a la visión que nos da llegamos a pensar que es una especie de mirlo blanco de la política que busca la igualdad y no quiere venderse por un par de apoyos. Pero las ansias de poder corrompen y el candidato Clooney tiene la moral lo suficientemente flexible como para dejarse corromper por un par de apoyos, necesarios para llegar al poder. Los secundarios ayudan a creernos esa cloaca que es la política, en la que los escrúpulos son el último lujo que puede permitirse cualquiera con aspiraciones.

Todo esto no quiere decir que Los idus de marzo se trate de una gran película, sino más bien de un buen filme que se sostiene más en unas excelentes actuaciones y en un guión (basado en una obra de teatro) bien hilado y en una realización que no va más allá de un pulcra corrección. Y tal vez esa estricta corrección sea la mejor baza del cine político de Clooney, que va al grano con su estilo clásico hasta la médula para nos quedemos con lo importante, que los políticos y toda su camarilla son peores de lo que parecen.

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