Arte

La bondad de los desconocidos

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Foto: freefoto.com

Leonora fue toda una yegua surrealista con nombre de reina de la selva. Su vida es un reflejo de la intensidad con que comprendía la realidad, porque no se conformó con un solo hemisferio, ella jugaba a la vez con el izquierdo y con el derecho para ser completa, para sentirse completa. Una práctica peligrosa que la dirigía al centro de la acción, al acantilado de sus extremos, hacia los lugares más vacíos junto al hielo que quema.

Pero no fue una pintora que viviese en una contradicción, ¡ella era la misma contradicción!, una paradoja que no entendería ni el mismísimo Gurdjieff, aquél que escribió sobre el lobo (cuerpo), la oveja (sentimientos) y la búsqueda armónica entre ambos. Su elevada sensibilidad la llevaba a identificar sus estados de ánimos con su personalidad, y no como si fuesen un simple atributo, un post de quita y pon. Ella tenía el poder de sentir diferentes yos en un mismo día. Todo el Eneagrama si hiciera falta. Aunque esta intensidad de vida la engrandecía tanto como la desgastaba, como nos cuenta Elena Poniatowska en la biografía novelizada de la pintora.

Su amor fou perteneció por siempre al, también, pintor surrealista Max Ernst, que atravesaba su vinyero francés de Saint-Martin-d’Ardèche a relámpagos, con cabeza de vaca y pico de pájaro. Allí tenía lugar la infinita pasión de un verdadero y único amor predestinado a los infiernos, con consciencia de causa (y de efecto) ya que le confió a su amiga Ursula Golfinger que moriría de amor años antes de suceder, porque era tan feliz que intuía que algo horrible iba pasar.

Leonora no pudo frenar el dolor que le provocó la separación de Max, cuando le deportaron a un campo de concentración. Ella no pudo más que identificarse con su propia herida y, de nuevo, la circunstancia la convirtió en lo que era, aquel trágico sentimiento de abandono, aquella hojita de papel volando que Mr. Carrington nunca supo proteger. La angustia le impidió unir su cuerpo y su mente, vivió separada de sí misma, esparcida, porque había perdido el mechero al final del bolso junto a su razón de ser. Había muerto por amar demasiado. Debido a este deterioro la internaron en un psiquiátrico en Santander, donde algunos almicidas intentaron anestesiar a la yegua con Cardiazol. Las secuelas imborrables de este hecho se manifestaron en su pintura, en la, aún más, necesidad de encontrar el no-sentido del sin-sentido, con numerosos saberes que enriquecían su realidad como la alquimia, la cábala, el budismo tibetano o los mitos celtas, entre otros. Su libro Memorias de abajo, es otro testimonio de esa experiencia escrito por ella muchos años después.

Max, el animal alemán, le abrió la puerta del establo, y la radicalizó hasta los extremos más peligrosos, para luego huir hacia su propia salvación en brazos de la estrafalaria Peggy Guggenheim. Pero Portugal y más tarde Nueva York volvió a unir lo que la guerra no destruyó. Aunque Leonora se sentía agotada, arrebatada tras su dolorosa experiencia en el sanatorio. Se plantó. Dejó de buscar la absurda calma entre dos amantes exagerados, y trotó hasta México en brazos de Renato Leduc para poner fin al motor de su locura. Allí se reencontró con amigos surrealistas como André Breton y Benjamin Péret, sintió de cerca el suicidio de Wolfgang Paalen, y descubrió a su alter ego Remedios Varo.

El sentimiento de matrimonio volvió con el fotógrafo Chiqui (Emerico Chiki Weisz) con quien formó una familia, aunque Max siempre revoloteó como el poso del café al final de la taza, en la oscuridad de su tremenda creación. Leonora siempre fue para Max, lo que Alma Mahler para Kokoschka, su novia del viento, porque entre ellos existió un lazo de pertenencia demasiado intenso para olvidar con el tiempo. Leonora fue toda una yegua surrealista con nombre de reina de la selva que ‘Quería ser pájaro’, porque su meta no fue prosperar, sino transformarse ya que solo en lo desconocido encontró su salvación.

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