Siete años, y una amenaza

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Foto: imatges.net

Sísifo es un taller, un laboratorio, un quirófano abierto, un salón de té, una plaza púb(l)ica.

Sísifo es un coche aparcado en al esquina de la actualidad. Es un puro sin humos, es el hielo de un whisky de oro y orina, la bicicleta que viaja por el paseo marítimo durante una tormenta de verano. Es los truenos. Y el refugio de una gabardina usada. El bar y los cafés fríos.

Sísifo es una montaña en la cima de piel. Es una tela en blanco llena surcos y muecas. Es la cascada morena de una espalda salvaje. Es el giro de una bailarina desencajada. Es el blanco y negro de una falda roja, una bandera de cristal. Y el mazo que hace añicos, o lo intenta (Sísifo es un perpetuo intento), el vidrio de las propias inercias.

Sísifo es una pluma roja.

Sísifo es los graffitis que se instauran, como señales de tráfico, en la piedra que subimos al leer a Albert Camus.

Sísifo es un instituto, y todos sus pedos. Es la batería abandonada por un músico que ve extraterrestres en sus platillos. Sísifo es la arena mojada del recreo. Es la ducha de la adolescencia perdida. Sísifo es una sirena que toca la sirena.

Sísifo es una calle llena de souvenirs innecesarios. Sísifo es una cicatriz que es una cremallera que es una vía de tranvía. Sísifo se abre con un soplo, como una flor tímida.

Sísifo es una lágrima atrapada en el metacrilato de un cuadro clausurado. Sísifo es la cinta que inaugura las épocas y los días.

Sísifo, claro, es la fiesta de la amistad. Creemos, pese a los titulares y las últimas horas, en el ser humano. Por eso seguimos. Cumplimos siete años. Y parecemos dormidos. Pero en 2013 volveremos.

Es una amenaza, en efecto.

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